Hay en Jorge Pietra cierta manera habitual de entendérselas con el mundo. Es la decidida intención de transformarlo, darle vuelta e inventarle su revés. Para él es normal una visión irrealizante. No una fuga a un objetivo impreciso más o menos lejano, sino una mezcla de lo cotidiano con lo extraordinario. Dos caras de una misma moneda, una sola, pero lo que alienta y hace crecer es tanto. Lo visualizable “en obra”, no responde en consecuencia a una (presunta) realidad, no se refiere a objetos situados en un espacio homogéneo y limitado. De lo limitado Pietra pasa muy rápidamente a lo ilimitado fabuloso, a la unión de las contradicciones, a la exhibición inversa de lo que es adentro y afuera, lo que es vigilia y sueño. Diminutas figuras en sus cuadros trepan y saltan sin leyes de gravedad que las compliquen, ni otros condicionantes de los que se libera un vendaval de movimientos alocados.
Apreciamos cómo el imaginario del artista ahonda diferencias entre lo cerrado y lo abierto, entre ciudades y puertos, lugares y tránsitos. Le parece natural agujerear el espacio, abrir paredes y traspasarlas, poder ir siempre más allá, tal vez hacia a una nueva Jerusalén…
Los trabajos que exhibe la galería Rubbers con la dirección de Mariana Pobarché responden a visiones que le fueron familiares a Pietra desde chico. Imágenes transparentes, brillantes, apareciendo y desapareciendo, obsesivas para la mente joven. Pero como se sabe, todo artista posee un medio excepcional para liberarse de sus fantasmas, para amigarlos, entretenerse con ellos y, fundamentalmente, convertirlos en color, línea, plano, orquestación simbólica. Aquí como pocas.
Las estrategias pictóricas que presiden este balanceo de ideas y su bulliciosa multiplicidad ofrecen el despliegue de una energía circulante que ocupa el espacio y lo interviene, de vez en vez, con formas frecuentemente diferenciadas. Es la dinámica del sentido, circulación sígnica de la que se ocupan las investigaciones pertinentes, y el artista con sus propios estudios. A veces, ese proceso ha sido pensado por rondas sucesivas, en danza triádica que inicia y reinicia las redes de la significación. Y hay también, en Pietra, devenires semejantes que ostentan puntos firmes, clausuras momentáneas prestas a reinventarlos nuevamente. Las posibilidades de engarce son, en este contexto, puertas y ventanas. Facilitan el traslado de los signos. La puerta suele cerrar un acontecer plástico, poniendo el enigma de lo que sigue más allá, eventualmente.
Este trabajo artístico se caracteriza por crear una rica diversidad de relaciones espaciales interconectadas, determinando, con alógica coherencia, diferentes líneas de articulación de planos. El armado geometrizante es una de las iniciativas frecuentes a lo largo de años. Pero no es la única estrategia compositiva, dado que suele prevalecer el tumulto de los desplazamientos y su rapidísimo devenir. Tal, por ejemplo, “Potosí”.
Pero es en otra compleja composición donde emergen sugerencias hasta cierto punto ejemplares. Una lluvia de pequeñas unidades (¿balas?) se desplazan vertiginosas hacia un objetivo alejado, en la parte inferior una forma rojiza es quizá un charco de sangre, en el aire una plantilla ondulante es quizá un corazón, un rostro asiático pendula emblemático y vinculando la totalidad de configuraciones una línea verde entra y sale, alía y une. El título algo aclara (bien lo sabía Duchamp): “ Un cielo de antibióticos ”. Nos enteramos que los posibles proyectiles son una guerrilla de antibióticos considerados, por el artista, reales enemigos a combatir. Se abalanzan hacia un blanco lejano, impertérrito: una puertita verde, cerrada.
En el tipo de obra mencionada -como no menos en las restantes-, la función de la línea es prioritaria. Promueve, en el desarrollo de los elementos figurales, una precisa red distributiva. Pietra, de procedimientos por lo general muy intuitivos, elabora distingos plástico-ideativos muy importantes. Hace, al respecto, una clara discriminación entre una línea vinculante, colectora, cuyo significado es la comunicación a través del enlace de los símbolos, y otro tipo de línea que proviene de un concepto organicista. No extraña entonces comprobar, en esta interesante muestra, por lo menos dos modelos de construcción plástica, geométrica y, justamente, organicista.
La complementariedad lineal-cromática define la estructuración de un sentido que se torna cósmico, que entrañablemente penetra en lo más íntimo, el corazón(la cuadrícula ortodoxa de “ Boxeando ”) y en lo más distante y aéreo a lo que no se llega nunca, porque el devenir sígnico es infinito, y porque hay siempre, en esta producción, una puerta que se cierra. Y que también, lo vemos, se vuelve a abrir.
Observamos que las invenciones no se dejan tentar por esquemas de conocidos protocolos. Lo que Pietra realiza es dar concreción estética a un mundo interno que tenazmente varía sus relaciones, fiel a una bandada de signos que va y viene trastocando combinatorias.
Corresponde todavía insistir en un mecanismo que no deja de estar presente, muy incorporado a la forma mentis del autor. El surgimiento de la imagen inesperada, según la visión surrealista. De esto da cuenta una bella obra de título clave, “Ocho y medio”. Aparece la mujer con una silla en el regazo, el rostro ahuecado con dos ventanas luminosas, dos brazos impertinentes que saliendo de un ámbito acuoso se posan en ella, azules, el seno abierto en flor, con una oscura mirada que nos inquieta.
Se diría que Jorge Pietra ha ensayado, con desenvoltura audaz, algo que también persigue parte o buena parte del pensamiento contemporáneo, la eliminación de un concepto “objetivante” de lo real. Dos caminos, una meta.
Rosa María Ravera Miembro de Número de la Academia Nacional de Bellas Artes |